El baño de Sofía

El baño diario de la pequeña Sofía lo hago en el lavadero de la ropa porque en él hay algo que no puede faltar.

Cuando le aviso que ha llegado la hora de bañarse, mi heredera cambia sus berrinches y travesuras por un comportamiento diligente y obediente, y cuando se desespera por el baño, empieza a quitarse las prendas que puede sacarse, los zapatos, algún vestido suelto, y pide con apremio que le despojen del resto de sus ropas.

La pongo sentada en el lavadero, que ya debe estar a medio llenar, y se deja echar los primeros tazones de agua para mojarle el cabello y la parte superior del cuerpo que quedó fuera del agua. Se deja echar también el jaboncillo, y ella me imita tocándose algunas partes de su cuerpecito con el jaboncillo que a menudo se le resbala de las manos.

Sabe que debe echar la cabeza hacia atrás para que el agua no le llegue a la cara, puesto que aún no sabe contener la respiración.

Media hora dura el juego con el pequeño Mickey, el tirador acostado, la nariz del clown, el barquito y los llaveritos de plástico. Se sienta y se para, se echa en posición de nado, prueba el agua que el jabón ya blanquea, y el agua sigue subiendo.

Sofía realmente disfruta del baño en el lavadero. En él hay algo que no puede faltar: el chorro de agua.

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